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«En la
axila de una mariposa»
Gonzalo
Vivián, pintor argentino
En «Tangocho»* el abrazo de las parejas que danzan
es una forma de sofocar el espanto de una ¿humanidad? devenida atroz.
Gonzalo Vivián tiene un arco iris en su esencia. Solísimo —destino de
profeta— y poblado de colores, pinta la negritud del mundo sin abjurar
de la ternura. Su obra no es denuncia sino testimonio. No es mera
gestualidad ni panfleto. No es esperanza. Es generosidad. Su pluma
pictórica arrulla un cosmos distante de la prosa. El de un poeta en cuyo
universo abriga la resonancia altruista del «nosotros», sin que por ello
la forma desvanezca su luz.
Ojos. En vigilia, vigilantes, desesperados, lúcidos,
ojos con preguntas y otros con respuestas. Ojos de Gonzalo como los de
un Cristo que demanda a Dios, en alguno de sus autorretratos.
Ojos-cavernas que aúllan silentes el desamparo de los justos del
planeta. Ojos en obras que se hermanan con «El grito», de Edward Munch.
Ojos de un tiempo detenido y en busca del Absoluto en pinturas de la
«Serie de
la Ausencia»,
que acercan a Vivián a «mi» amadísimo Eugène Carrière. Desde el hecho
figurativo hasta la abstracción, nuestro artista es libre de todo «ismo»
y no es ajeno a ninguno: «Che bandoneón», óleo lumínico, lo testimonia a
través de los varios estilos que conviven en él, armoniosamente. Y ahí
el tango, que en este caso y en la pareja danzante, es un juego y la
promesa de un pasado que insinúa avanzar hacia un futuro, ¿humano?
El «Tango Vivián», un pas de deux. Ese
momento dramático y lírico, de amor y muerte y de la muerte de amor. En
sus obras, seres de cuerpos rudos se rozan deliciosamente en el dos por
cuatro. Azules y amarillos se abrazan en un compás. Las parejas se
entremezclan, se enlazan, danzan en la pista o entre el cielo y la
tierra: en el «Azul Vivián». Y la soledad, y el horror, y siempre los
ojos. Sí. Pero el tango aparece como una caricia entre seres que son un
bandoneón, un piano o un violín. «Violín Vivian». Alma de violín. Tal
vez porque según Kandinsky, el artista es como un violín en manos de
experto: el menor toque de arco lo hace vibrar. Y así, aun entre los
grises cuando hay grises en esos cuadros, la vida se abre como un
mosaico y muestra todos los rasgos donde la esencia del hombre se
condensa.
Las «Mujeres Vivián», pintadas, dibujadas o apenas
sugeridas y casi siempre solitarias, son el faro del misterio. Ellas
vieron nacer la serie «Los caminantes», personajes que cinco años
después fueron (y son) personas: los piqueteros. «Poeta Vivián»
profetiza desde sus obras sin proponérselo y testimonia la deshonra que
padece el hombre. Pero hay un secreto: de noche duerme en la axila de
una mariposa e inunda de arco iris sus alforjas para dibujar en el mundo
su sueño mejor. La fraternidad.
*Tangocho
es el último libro de Gonzalo Vivián
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