CRISTINA CASTELLO

 

El poder de la  belleza
 


 

 

 

 

 

Con la boca hacia arriba, las máscaras griegas representaban la alegría. Y con la boca hacia abajo, la tragedia. Para el artista plástico Guillermo Roux, de refinamiento ético y estético notable, la belleza, en sí misma, es un valor. ¿Y si intentáramos que la vida fuera una oda a la alegría? Schiller estaría gozoso.

 

Guillermo Roux_©photo Ramon Puga Lareo

 

Son muchos los signos de la belleza. Pero, para gozarla, hay que vivir a conciencia despierta. Para sentir -como el ave fénix de la leyenda, con sus 365 plumas- la mañana de la vida, la obstinación del atardecer y el enigma de la noche.

Y es verdad que el concepto de belleza parece abstracto. Pero no. Para William Yeats, era sinónimo de piedad, a Oliverio Girondo lo acercaba a Dios y para Miguel Hernández, era coraje: “confluyen situaciones bellas miles en un solo minuto de valor”, escribió. Por eso -aunque muy grato- no es la única forma de deleite, visitar las pirámides de Egipto, ver el coloso de Rodas, los jardines colgantes de Babilonia, o cualquiera de las siete maravillas del mundo. Sólo hace falta tener gula de luz, voracidad de ojos abiertos y una furia enorme de ventanas para adentro: hacia nosotros mismos. Porque la belleza es, creo, la tarea del hombre en este mundo.

Emparentada con el concepto de placer, es más abarcadora que él. Pensadores y poetas asocian la belleza a la trascendencia, y/o a la sensibilidad, y/o a la inteligencia. Lo placentero, en cambio, tiene que ver con lo agradable, con la alegría de vivir y hasta con el ocio, cuando éste nos gratifica. No tiene la magnitud ni la hondura de lo bello. Pero es como un cosquilleo. Tiene ruidito de tostadas crujidas al alba y olor a plantín de lavanda al mediodía. Es un alborozo -más que necesario- que nos gratifica los sentidos. Por eso bien vale la pena -también en este caso- abrir nuestras ventanas al placer. Incluso al más simple.

Y no es difícil. Ya lo dijo Oscar Wilde: “los placeres sencillos, son el último refugio de los hombres complicados”. De los que son capaces del deleite. Como Guillermo Roux. (Cristina Castello)

 

- Artista… y sibarita, ¿cuál fue su último deleite?

- La pasta reale (el mazapán), que hacen en “I Peccatucci di Mamma Andrea”, en Palermo, Sicilia (Con el alborozo de un niño, sonríe).

- ¿Quién inventó expresión tan sutil de alegría: la sonrisa?

- Es una conquista de la humanidad y esa conquista se llamó Grecia. Fue en Creta, donde -de repente- aparecieron unas estatuillas pequeñas, con sonrisa misteriosa.

- Risa sin sonido, pero con música…¿también el silencio puede tener música, como la del adagio de la V Sinfonía de Mahler, no?

- Sí, el silencio…o la página en blanco: todo lo que se ponga allí -en su lugar- es un acto trascendente.

- Y cuando el silencio es una gracia, ¿como espantar el ruido de las palabras vacías?

- ¿Me deja contestarle con una historia? Cuando vivía en el Norte, conocí a Lanza del Vasto… ¿se acuerda? Bueno, un día visitó una casa donde los perros ladraban, las gallinas cacareaban y los chanchos gritaban. Entonces él se sentó -inmóvil, en una piedra- y sólo los miró… (todavía conmovido). Y todos callaron, y los perros fueron a lamerle las manos.

- Bella imagen. Y honda…¿qué es la belleza?

- Según mis ojos, (sin solemnidad) es una forma de revelación que trasciende los sentidos y nos pone en contacto con lo absoluto. Y en ese extremo, está más allá de la comprensión y de la razón, porque nos coloca por encima de lo humano: inclusive el tiempo queda abolido.

- John Keats equiparó belleza y verdad, y Platón asimiló bien y belleza, ¿coincide con ellos?

- Sí, la belleza es una forma de conocimiento que incluye el bien y la verdad. Me explico: como el hombre no tiene respuestas para los misterios de la existencia -el amor y el odio, la vida y la muerte- trata de serenar su espíritu. Entonces elige caminos, para encontrar respuestas. Algunos las descubren en la religión, por ejemplo. Y para otros, un sendero posible, es la belleza, pero…hay que tener cuidado con ella.

- Sí…es modificadora. ¿Quién sale indemne, después de disfrutar, por ejemplo, de “La Anunciación”, del Fra Angélico?

- Ahí apuntaba. Cuando la belleza nos arranca de lo cotidiano y nos instala por un soplo en un sentimiento de eternidad, toca lo sublime. Y… produce miedo.

- ¿Le pasó?

- Sí…recuerdo una mañana de otoño, de luminosidad inefable. Yo estaba en el Museo Arqueológico de Nápoles -donde se conservan los frescos pompeyanos- en paz y despreocupado, recorriendo sus salas. Y de pronto me encontré solo en una muy chica, en cuyo centro había un Eros pequeño, tallado supuestamente por Praxíteles. Entonces retrocedí. De aquella figura no emanaba agresión, sino una dulzura infinita y sin embargo, no soportaba estar a solas con ella. ¿Sabe? (con sobriedad) por un instante…perdí el sentido.

- ¿Aquel Eros caló en el mejor lugar de su persona?

- No sé. Sólo sé que cuando la belleza es suprema, mata.

- Y es despojamiento y sencillez, ¿cómo enseñarlo a los ostentosos?

- Mire…la sencillez, como forma decantada del gusto, es una esencia. Es la condensación de un proceso de síntesis lento, consciente y laborioso. Quiero decir: la sencillez, para que importe, debe ser estilo. Y el estilo sólo se forma cuando pulimos nuestra personalidad y aprendemos a renunciar.

- ¿Cómo?

- Creo que hay dos caminos: uno es invertir en tabla de valores y el otro, dar tiempo al proceso de la cultura.

- Dice “valores” y recuerdo aquello de José Ingenieros sobre la “aristocracia del espíritu”, ¿hay otra mejor?

- No quisiera hablar de “aristocracia”, para referirme al espíritu. Yo reconozco una sola superioridad: la de los buenos sobre los malos.

- ¿Por eso, en su niñez sentía placer cuando miraba a aquella maestra suya…la señorita Susana?

- No… (sonríe con ternura) los recuerdos de mi maestra de segundo grado, son otros. Vestida como las tenistas de la época -hablamos de 1937-, con el rubor encendido en los cachetes de su cara redonda y siempre alegre, llegaba a la clase. Pelo renegrido y…¡aquellos grandes ojos negros, con un fuerte contorno azul de sombra! (En tono de confidencia) Aquel azul me hacía pensar en las noches de la señorita Susana, lo cual me producía una temblorosa excitación, cuyo significado no me atrevía a revelar.

- ¿Ahora el hecho amoroso le parece un estado de víspera y de dicha?

- Es un estado de víspera, de cuya concreción nace la dicha.

- ¿Y entre los dones del amor, el erotismo es la elegancia del sexo?

- Mire, como en todo lo verdadero, cuando el amor existe, todo en él es elegante.

- A propósito, ¿cómo enseñar a los nuevos ricos que, para distinguirse, no “tienen que” comer ostras, sino pulirse?

- No sé, pero a mí no me gusta la cocina pretenciosa. Fíjese que quienes no saben cocinar, hacen cosas complicadas, igual que aquellos que no saben pintar. Así que… (los ojos le titilan) un plato de fideos con manteca y queso no estaría para nada mal, siempre que estuvieran bien hechos. Como los hace mi mujer.

- Insisto, ¿cómo cultivarles el placer por la simplicidad de Giorgio Armani -por ejemplo y como concepto- en la haute couture, o por las líneas netas en arquitectura?

- Es difícil, porque hoy -en detrimento del “ser”- tenemos la estética del “mucho tener”, cuyo caso extremo es el kitsch.

- Entonces flores silvestres y jazmines no les gustan, porque no son caros…

- Bueno, pero que una orquídea cueste más que una margarita es una arbitrariedad del mercado, y no de la naturaleza. Fíjese que una vez fui a los Altos Hornos de Zapla, a hacer unas pinturas. Había grandes extensiones de residuos de fundición y pilas amontonadas de una especie de vidrio cortante de un color gris amarronado, que se mezclaba con el óxido de hierro del paisaje y…

- Era una visión ingrata…

- No era nada amable, por cierto. Pero, de tanto en tanto, aquí y allá, se levantaba del suelo una florcita azul-celeste muy pequeña, que iluminaba -como un trocito de cielo- aquella desolación. A lo lejos, estallaban los lapachos en flor. Y todo: escoria, florcita celeste y lapachos en flor, eran necesarios. 

- Síntesis de belleza y placer. Como Mozart, Bach, Brahms, Gluck… ¿qué me dice de U2, Peter Gabriel y Luis Alberto Spinetta?

- (No duda) Mozart, Bach, Brahms y Gluck, dialogan con Dios. Y obtienen de Él respuestas misteriosas, resplandecientes de belleza, que durarán lo que dure el hombre. Peter Gabriel, U2 o Spinetta, son el reflejo de nuestro mundo: su forma de música revela la poesía angustiada de una época, que obliga al hombre a una dolorosa cotidianeidad.

- ¿Sin la sonrisa que había nacido en Creta?

- Sí, pero…es que después de aquel nacimiento, los romanos empezaron a aparecer en sus esculturas con los ceños fruncidos. Había comenzado el designio de la modernidad: habían perdido la sonrisa. Y es cierto que en el 1500 Leonardo la recuperó, pero ya no como un canto al sol y a los sentidos. Era una sonrisa enigmática, reflejo de quién sabe qué profundidades de la psiquis. Ya ve…de una civilización o de una cultura, queda lo que ella es capaz de simbolizar. Y para eso está el arte.

- Pero lo que hoy llaman “arte”, no tiene ni la plenitud, ni la alegría de la sonrisa griega…

- Es verdad, y si dejo de lado la alegría histérica que quieren vendernos ciertos medios de comunicación, concluyo que el arte -en general- hoy es torturado y dramático.

- Qué fortuna sería si, en cambio, el arte -“la pasión de la totalidad”, según Rilke- fuera tapa de los diarios, ¿no?

- (Juega a que se entusiasma) ¿Si dijeran por ejemplo: “El secreto de la vida está en el arte?”…¿qué le parece un titular así? Pero…¡no soñemos! La realidad es que el arte está en primera página, sólo cuando se compra o se vende caro. ¿Y sabe por qué?: porque padecemos un materialismo ordinario y abrumador.

- Los placeres de los sentidos parecen más importantes que los del espíritu…

- Mire…para mí, el ser humano es una unidad indisoluble. Sin embargo, es un lugar común poner por encima los valores del espíritu, aunque no se hable del espíritu ni siquiera como lugar común.

- Cuánto alborozo si, en cambio, leer fuera como respirar, si nadie se cancelara el corazón y si comprendiéramos que el conocimiento es luz…

- (Hace un silencio corto) A ver si recuerdo aquella fábula del emperador chino, cuyo reino padecía crímenes y otros horrores. Sí…creo que sí: recurrió al hombre más sabio y éste le aconsejó que obligara a sus súbditos a estudiar gramática. “Si conocen el sentido de las palabras -le dijo- tendrán conciencia de los actos que cometen”. ¿Ve? Si leer fuera como respirar y se aprehendiera que el conocimiento es luz, entonces todos serían responsables. Y vivirían con placer.

- ¿Y a usted le da placer ver a una mujer bella?

- Bueno, muchas palabras…usted sabe, perdieron su significado. ¿Qué quieren decir hoy transparencia o justicia, por ejemplo? ¿Y qué significa belleza? Yo, le decía, le asigno el valor de lo trascendente, pero este mundo nuestro se funda en lo intrascendente y de fácil consumo. Entonces, permítame que hable de mujeres lindas…o hermosas, a las cuales distingue la estética que impone la época.

- Usted, como Van Gogh, prefiere “los rostros arados” por la vida, donde late la vida…

- Sí, porque llevamos escrito lo que somos, gracias a esos surcos que la vida nos deja. Pero Van Gogh era un místico y veía la mano de Dios en todo lo que hay sobre la tierra, incluyendo a los hombres. En mi caso, como pintor, acepto todo lo que la naturaleza me propone, hombres e historias incluidas. Y en lo personal respeto a los hombres con sus historias, aunque muchas veces no esté de acuerdo con ellas.

- Por suerte, la vida siempre tiene historias y paisajes nuevos, para deleitarnos, ¿cómo imagina el suyo?

- Mire, un jarrón con flores, una cesta con uvas o una taza, dispuestas de cierta forma en una mesa, son un paisaje. Pero en la taza, algunos verán sólo un recipiente y otros un templo griego. Porque lo que elegimos para mirar, es lo que somos.

- Y usted ve el templo griego…

- En realidad, mi manera de mirar es cambiante. Hoy, por ejemplo, ordeno los objetos que me sirven de modelo, como paisajes que vi en el Sur de Italia. Una jarrita blanca es una columna griega; las flores azul profundo con hojas verde-negro, son aquellos mares y aquellos pinos oscuros;  y algunos ladrillos, son la terracota de algún pequeño poblado de Sicilia. Pero todo está bañado por la luz de la ventana alta de mi estudio, que ya no es la de Buenos Aires: es la luz de un recuerdo.

- “Su” paisaje de regocijo es la imagen de su búsqueda…

- “Mi” paisaje -como usted dice, la naturaleza muerta- es el paisaje de un paisaje del cual quedaron atrapados en mi inconsciente, misteriosos fantasmas.

- ¿Y así como lo piensa, le da placer?

- No es una experiencia placentera o no: es inevitable.

- Recuerdo su deslumbramiento por “Las Meninas”, de Velázquez, ¿ver, sentir y penetrar esa obra, es equiparable a otro goce?

- Mire, el hecho de que existiera un Velázquez, redime a la especie humana y eso es más importante que sentir o no placer (Roux es “el” placer cuando lo dice).

- Entonces, si como escribió Borges a veces se llora “por todas las cosas que merecen lágrimas”, ¿”Las Meninas” merecen deleite?

- Sí, pero… ¿usted recuerda que Borges dijo también que “la luz es la sombra de Dios”? 

- Sí…y por eso existe la poética de Brujas, y el misterio de Praga, y…

- Claro, usted me habla de Praga, de Brujas… de lugares con dos mil años de historia… (con pasión) ¡y de qué historia! ¡Es nada menos que la cultura de Occidente que desfila ante nuestros ojos!

- ¿Y “nuestra” cultura?

- Creo que -ética y moralmente- no pasamos por un buen momento. Pero esto no da motivos para que individualmente nos unamos a la comparsa. Podemos, como mucha gente que lo hace, dar un paso al costado, verla pasar y vivir nuestra propia alegría.

- ¿Una alegría con burbujas de champagne?

- Mmm…como dice el clásico italiano “Cucchiaio d’Argento, a “este vino tan cuidado y deseado hay que verterlo siempre despacito…y es mucho mejor el vaso largo en forma de cáliz, esos que los franceses llaman flûte…“¡Claro que la alegría tiene burbujas! Burbujas de alegría, burbujas de champagne = momento de amor.

- Como destellos…si pensamos con William Blake que “una chispa contiene todo el infierno”, ¿qué cosa contendrá el cielo todo?

(Con certeza) Aquella florcita azul celeste que en medio de la escoria, iluminaba el cielo.

 

 

Buenos Aires - enero 1998 - © Copyright  Cristina Castello

 

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Guillermo Roux, Maestro de la pintura y de la vida.

Poeta de la pintura y de la palabra.

Con él y sus seres queridos: la amadísima Franca Beer -su esposa- ,

los alumnos del Taller del Maestro, y sus amigos, comparto todos sus 17 de septiembre que me tienen en Buenos Aires. Sus cumpleaños, su cada nuevo soplo de vida. Su cada nuevo renacimiento. En 2006, esto nos dijo:

 

Cumpleaños 77

 

Mi padre y mi madre eran vecinos.  Ella, de puertas adentro, salía acompañada por las hermanas mayores.  Él, de unos veintitrés años, sombrero de ala ancha, moñito por corbata, pálido de noches sin dormir y de fumar, con papeles bajo el brazo, dibujos que trataba de vender a las editoriales de la época.

 

Se encontraron en la vereda

-¿Usted toca el piano?-

-No, mi hermana-

-Porque a mí me gusta el jazz y tuve alguna vez una orquesta.  Ahora soy dibujante.

 

La extraña orquesta que había armado tenía el sonido particular de un arpa que sacó desarmando el piano de cola de  una tía.  Al instrumento lo llamó arpapiano.  El romance duró poco.  Querían casarse pero ella era menor  y la madre, mi abuela, no daba la autorización.  La novia fue a dar a un interno de monjas y el novio, implacable, sobornó a una hermana que traía y llevaba las cartas. Intervino el juez y ordenó casamiento en quince días.  Una jovencita muy cuidada, casada con un artista bohemio (como se decía entonces), la familia tenía motivos de preocupación.  Los dejaron solos.  Yo nací nueve meses después en una pensión de Flores.  El mundo entraba en la terrible crisis económica del año 30.

 

Lo que siguió es la pequeña historia de una pequeña familia de clase media sostenida por un dibujante en la vida trabajosa de nuestra Argentina.

 

El celeste del jazmín del cielo sobre el verde profundo de las hojas en el cerco de una fábrica de perfumes frente a la casa de mis padres en Flores, los vitrales rojos y azules, el blanco de la magnolia, el silencio de las noches de verano de lunas enormes, eso me hizo pintor.

 

Aquella casa, la de mis padres, llena de historias e historietas, de héroes de papel de diario, de apasionados aventureros y dragones acuarelados, de Milton y Cervantes grabados por Doré, del negro de tinta china sobre el blanco de la cartulina Bristol a la luz de la lámpara; de la pluma Gillot de trazo elegante y vigoroso,  en esa casa entendí el dibujo.

 

Y fue un maravilloso instante aquél en que la línea rescató para mí el objeto de la nada. Y a partir de aquel momento tuve que ser fiel a mí mismo por no poder ser otra cosa.

 

Transité el error, perdí el tiempo queriendo ser otro.  Y retorné una y otra vez, salvándome, al azul del jazmín del cielo.

 

Aprendí entonces en mi propia carne, que ningún artista se propone ser.  Que simplemente, es.

 

Que las modas, las teorías, son manchas grises en el árbol verde de la vida.  Y que la verdad en arte, es el reflejo de aquello que se ama profundamente.

 

Y quiero decirles esto hoy a mis alumnos, en esta época signada por el exitismo, el consumismo, la abusiva e inhumana competencia, en la que llegar y a cualquier precio parece ser el único imperativo.

 

El tiempo del consumo nada tiene que ver con el tiempo del espíritu.

 

Trabajé luego en el modesto taller del maestro italiano.

Entendí en horas de amasar el color para la témpera, y de preparar el muro para el fresco, que no existe arte sin el profundo conocimiento del oficio, y que desde este oficio mismo, y sólo a partir de allí, cuando se logra transfigurarlo, es que el pintor puede comunicar claramente lo que es oscuro en sus secretas intuiciones.

 

Entendí, como querían Cézanne, Ticiano y Leonardo, que la novedad no es el supremo objetivo del arte, sino que lo nuevo sólo es válido cuando encuentra la raíz que lo justifique en la tradición bien entendida.

 

¿Qué artista puede decir que ha llegado?  Ni los más grandes.  "En mis tiempos, señor, no se llegaba", corrigió Degas a un pintor apurado.

 

Sumergidos hoy en la cultura de lo descartable y de lo efímero, para mejor servirla se ha vaciado al arte de su cosmovisión poética, de su anhelo de trascendencia, y el hombre ha quedado solo, encadenado a una cotidianeidad implacable.

 

Pero recuerden que es por las obras de arte de todos los tiempos que cada uno de nosotros recupera la memoria colectiva de una humanidad amenazada por la destrucción, porque el verdadero arte, al trascender la existencia, no es otra cosa que la metáfora sublimada de la historia.

 

Vino luego a mi vida el encuentro con las montañas  desmesuradas de mi país, fui maestro de escuela bajo los cielos inmensos y estrellados del Norte.  Y más adelante, los viajes, el encuentro con culturas diferentes, las exposiciones internacionales, algunos fracasos, algunos éxitos, muchas angustias... y paro.

 

 Si la llama sigue y seguirá encendida, es porque cada uno de nosotros lleva en el alma para siempre su propio azul de jazmín del cielo.  En él está la verdad.

Porque en él está guardado el secreto inmutable de la existencia.

 

Pasaron setenta y siete años y aquí estamos hoy.  Amigos, alumnos, profesores, pintoras y este Taller, todos los que me ayudan a vivir.  Y un gracias grande en todas las caligrafías y en todos los idiomas posibles: gracias, Franca.

 

 

GUILLERMO ROUX

17 de Septiembre de 2006

 

 

 

 

 

 

 

 

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