CRISTINA CASTELLO


BASTA!


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Basta. He aquí una palabra. Basta. Es más que una palabra: es una decisión. Una expresión de voluntad, una expresión de energía en acción. Assez. Ya es bastante. Ya es demasiado. Es -gentes jóvenes que nos escuchan- el verbo de no querer más ¡Basta! Queremos poner aquí, en nuestra proa, esta palabra, esta sola palabra. Basta. Esta no es una palabra para capitalistas. Esta no es una palabra para especuladores. Esta no es una palabra para los que juntan cualquier cosa (monedas, intereses, bibelots, honores, títulos o porquerías). Esta no es una palabra para los que quieren cosas buenas, amables y cómodas. Esta no es una palabra para señoras o histriones o intrigantes. Esta no es una palabra para los que presencian la farsa dirigiendo, gozando y aplaudiendo; esta no es una palabra para ambiciosos de ningún género. Esta no es una palabra para duques, charlatanes, oradores, beatos, hipócritas e imbéciles. Para todas estas especies no es esta la palabra. Para todas esas especies la palabra es otra. Para todas esas especies la palabra es muy diferente. Para todas esas especies la palabra es: Más.

Basta es una palabra para nosotros. Basta es la palabra que queremos. Basta es la palabra que escribimos aquí, a la cabeza de este periódico, que no es un periódico, que no es un periódico para aquellas especies. Basta es una palabra de gente joven. Basta es una palabra para intransigentes. Basta es una palabra para gente honrada. Basta es una palabra que viene bien a los limpios de intención. Ellos son los que la esperan y para ellos la inscribimos aquí. Ellos y nosotros estamos unidos por esta palabra.

Basta es una palabra para nosotros. Basta es la palabra que aquí que no empezamos por donde se empieza generalmente: por un mar de palabras. Empezamos por una sola palabra. No necesitamos por ahora más que una sola palabra. No necesitamos vivir en la Babel habitual, en la confusión más caótica de términos, en el hervidero de vocablos podridos, en la olla común de los conversadores, de los falsos, de los energúmenos. No necesitamos más que una palabra que barra con las malas, que barra con las fraudulentas, que se oponga categóricamente a los equívocos verbos. No necesitamos más que una palabra unívoca. No necesitamos más que la palabra: basta.

Ella, a nosotros, también nos basta. Ella basta para decir lo que basta. Para decir hasta aquí y no más. Para decir Quosque tandem?¡Basta!

Basta.

Basta de otras cosas. Basta de muchas otras cosas más. Basta a lo largo de nuestros números venideros, enumerando, basta de abuso, basta de estupidez entronizada, basta de delictuosos pactos de pequeños estados personales dentro del gran Estado; basta de políticos, de explotadores, de cínicos con poder y de poderosos con cinismo; basta de torpes arriba y de auténticos abajo. Basta de descomposición pública. Basta de desconocedores del país moral, con mando en el país político. Basta de hijos bastardos del país espiritual, con voz en el país ostensible.

¡Basta de todo eso!

Basta de otras cosas. Basta de muchas otras cosas más. Basta de lo que nos empequeñece y nos envilece como nación. Basta de los que nos reducen a su medida, que es pequeña; a su idioma, que es precario; a su salud, que está contaminada; a su moral, que es abominable; a su poder, que está basado en el convenio de comité; a su dinero, que viene de malos juegos; a su idiosincrasia, que es grosera; a su cultura, que es torpe; a su vocabulario, que es estólido; a su estilo general, que es el estilo general de una gran indignidad de conciencia.

¡Basta de todos esos!

Vamos a usar esta palabra. La vamos a blandir. La vamos a tener en la boca. La vamos a tener en la mano. La vamos a tener en la conciencia. La vamos a tener en el intelecto. La vamos a tener en el corazón. La vamos a tener incluso en la corriente de nuestro sueño, que tendrá por características el ser sueño de unos hombres a quienes importa llenar el insomnio con algún adelanto para los otros, para los que no pueden dormir -mereciéndolo- a causa de una o de otra injusticia. Vamos a llevar esta palabra adentro. La vamos a sacar siempre que haga falta. La vamos a tener limpia y lista como la espada de acero que vela el rápido reposo del militar. La vamos a cuidar como cosa sacra. Como cosa que no se va a malemplear. Como cosa que merece fe, que merece sacrificio, que merece una dedicación no verbal. La vamos tener como la salud de nuestro cuerpo, pero no la salud a cubierto, sino la salud arriesgada y a la intemperie.

Ese es el modo como vamos -gentes jóvenes que nos escuchan- a pensar, a orar, a exclamar, a gritar la palabra basta.

Eduardo Mallea formó parte del grupo de escritores que inició un movimiento de renovación en torno a las páginas de la legendaria revista Proa. Además de publicar numerosos libros, tuvo a su cargo durante un cuarto de siglo la dirección del suplemento literario de La Nación, entre 1931 y 1955, cuando la Revolución “libertadora” lo designó embajador ante la UNESCO.
Durante la tristemente célebre década infame se publicaron los denominados ensayos de interpretación nacional, que recogen una intuición –en algunos casos, incluso, mucho más allá de la plena comprensión política del propio autor- acerca de la finalización de un ciclo histórico y que denuncian, con dramatismo, la caducidad de fórmulas ideológicas y modos de vida, y la búsqueda del ser argentino en lo universal: El hombre que está solo y espera (1931) de Raúl Scalabrini Ortiz, Radiografía de la pampa (1933) de Ezequiel Martínez Estrada, y seguramente uno de los libros más influyentes del siglo XX en el país y el continente, Historia de una pasión argentina (1937) de Mallea.

 

De una vigencia y una actualidad descomunal, Historia de una pasión argentina retoma tópicos, figuras y motivos del nacionalismo espiritualista del Centenario, para plantear la división entre dos Argentinas antagónicas: una Argentina visible, materialista y adventicia, y una Argentina invisible, donde yacen sumergidos los valores esenciales que entonces –lo mismo que hoy- se habían perdido. Especie de breviario ético y estético, es un llamado a la conciencia de la argentinidad o, mejor dicho, a la responsabilidad del destino argentino. La oposición entre ambas Argentinas incomunicables es para Mallea la que existe entre el cielo y el infierno. Es un mesianismo activo, que no aguarda pacientemente la llegada del Mesías como acontecimiento fortuito o como regalo del destino, sino como la culminación del propio merecimiento arduamente perseguido.

Pero corresponde decir que cuando un 17 de octubre llegó verdaderamente el Mesías y la Argentina invisible resurgió a la luz, Eduardo Mallea se alineó decididamente en su contra. Nótese que el brillante texto de ¡Basta! fue publicado en 1950.

 

 

 

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