Basta. He aquí una palabra. Basta. Es más que
una palabra: es una decisión. Una expresión de voluntad, una
expresión de energía en acción. Assez. Ya es bastante. Ya es
demasiado. Es -gentes jóvenes que nos escuchan- el verbo de no
querer más ¡Basta! Queremos poner aquí, en nuestra proa, esta
palabra, esta sola palabra. Basta. Esta no es una palabra para
capitalistas. Esta no es una palabra para especuladores. Esta no
es una palabra para los que juntan cualquier cosa (monedas,
intereses, bibelots, honores, títulos o porquerías). Esta no es
una palabra para los que quieren cosas buenas, amables y cómodas.
Esta no es una palabra para señoras o histriones o intrigantes.
Esta no es una palabra para los que presencian la farsa dirigiendo,
gozando y aplaudiendo; esta no es una palabra para ambiciosos de
ningún género. Esta no es una palabra para duques, charlatanes,
oradores, beatos, hipócritas e imbéciles. Para todas estas
especies no es esta la palabra. Para todas esas especies la
palabra es otra. Para todas esas especies la palabra es muy
diferente. Para todas esas especies la palabra es: Más.
Basta es una palabra para nosotros. Basta es la
palabra que queremos. Basta es la palabra que escribimos aquí, a
la cabeza de este periódico, que no es un periódico, que no es un
periódico para aquellas especies. Basta es una palabra de gente
joven. Basta es una palabra para intransigentes. Basta es una
palabra para gente honrada. Basta es una palabra que viene bien a
los limpios de intención. Ellos son los que la esperan y para
ellos la inscribimos aquí. Ellos y nosotros estamos unidos por
esta palabra.
Basta es una palabra para nosotros. Basta es la
palabra que aquí que no empezamos por donde se empieza
generalmente: por un mar de palabras. Empezamos por una sola
palabra. No necesitamos por ahora más que una sola palabra. No
necesitamos vivir en la Babel habitual, en la confusión más
caótica de términos, en el hervidero de vocablos podridos, en la
olla común de los conversadores, de los falsos, de los energúmenos.
No necesitamos más que una palabra que barra con las malas, que
barra con las fraudulentas, que se oponga categóricamente a los
equívocos verbos. No necesitamos más que una palabra unívoca. No
necesitamos más que la palabra: basta.
Ella, a nosotros, también nos basta. Ella basta
para decir lo que basta. Para decir hasta aquí y no más. Para
decir Quosque tandem?¡Basta!
Basta.
Basta de otras cosas. Basta de muchas otras
cosas más. Basta a lo largo de nuestros números venideros,
enumerando, basta de abuso, basta de estupidez entronizada, basta
de delictuosos pactos de pequeños estados personales dentro del
gran Estado; basta de políticos, de explotadores, de cínicos con
poder y de poderosos con cinismo; basta de torpes arriba y de
auténticos abajo. Basta de descomposición pública. Basta de
desconocedores del país moral, con mando en el país político.
Basta de hijos bastardos del país espiritual, con voz en el país
ostensible.
¡Basta de todo eso!
Basta de otras cosas. Basta de muchas otras
cosas más. Basta de lo que nos empequeñece y nos envilece como
nación. Basta de los que nos reducen a su medida, que es pequeña;
a su idioma, que es precario; a su salud, que está contaminada; a
su moral, que es abominable; a su poder, que está basado en el
convenio de comité; a su dinero, que viene de malos juegos; a su
idiosincrasia, que es grosera; a su cultura, que es torpe; a su
vocabulario, que es estólido; a su estilo general, que es el
estilo general de una gran indignidad de conciencia.
¡Basta de todos esos!
Vamos a usar esta palabra. La vamos a blandir.
La vamos a tener en la boca. La vamos a tener en la mano. La vamos
a tener en la conciencia. La vamos a tener en el intelecto. La
vamos a tener en el corazón. La vamos a tener incluso en la
corriente de nuestro sueño, que tendrá por características el ser
sueño de unos hombres a quienes importa llenar el insomnio con
algún adelanto para los otros, para los que no pueden dormir
-mereciéndolo- a causa de una o de otra injusticia. Vamos a llevar
esta palabra adentro. La vamos a sacar siempre que haga falta. La
vamos a tener limpia y lista como la espada de acero que vela el
rápido reposo del militar. La vamos a cuidar como cosa sacra. Como
cosa que no se va a malemplear. Como cosa que merece fe, que
merece sacrificio, que merece una dedicación no verbal. La vamos
tener como la salud de nuestro cuerpo, pero no la salud a cubierto,
sino la salud arriesgada y a la intemperie.
Ese es el modo como vamos -gentes jóvenes que
nos escuchan- a pensar, a orar, a exclamar, a gritar la palabra
basta.

Eduardo Mallea formó parte del grupo de
escritores que inició un movimiento de renovación en torno a las
páginas de la legendaria revista Proa. Además de publicar
numerosos libros, tuvo a su cargo durante un cuarto de siglo la
dirección del suplemento literario de La Nación, entre 1931 y
1955, cuando la Revolución “libertadora” lo designó embajador ante
la UNESCO.
Durante la tristemente célebre década infame se publicaron los
denominados ensayos de interpretación nacional, que recogen una
intuición –en algunos casos, incluso, mucho más allá de la plena
comprensión política del propio autor- acerca de la finalización
de un ciclo histórico y que denuncian, con dramatismo, la
caducidad de fórmulas ideológicas y modos de vida, y la búsqueda
del ser argentino en lo universal: El hombre que está solo y
espera (1931) de Raúl Scalabrini Ortiz, Radiografía de la pampa
(1933) de Ezequiel Martínez Estrada, y seguramente uno de los
libros más influyentes del siglo XX en el país y el continente,
Historia de una pasión argentina (1937) de Mallea.
De una vigencia y una actualidad descomunal,
Historia de una pasión argentina retoma tópicos, figuras y motivos
del nacionalismo espiritualista del Centenario, para plantear la
división entre dos Argentinas antagónicas: una Argentina visible,
materialista y adventicia, y una Argentina invisible, donde yacen
sumergidos los valores esenciales que entonces –lo mismo que hoy-
se habían perdido. Especie de breviario ético y estético, es un
llamado a la conciencia de la argentinidad o, mejor dicho, a la
responsabilidad del destino argentino. La oposición entre ambas
Argentinas incomunicables es para Mallea la que existe entre el
cielo y el infierno. Es un mesianismo activo, que no aguarda
pacientemente la llegada del Mesías como acontecimiento fortuito o
como regalo del destino, sino como la culminación del propio
merecimiento arduamente perseguido.
Pero corresponde decir que cuando un 17 de
octubre llegó verdaderamente el Mesías y la Argentina invisible
resurgió a la luz, Eduardo Mallea se alineó decididamente en su
contra. Nótese que el brillante texto de ¡Basta! fue publicado en
1950.