Los amos del mundo deciden los destinos de los «más»:
de los sufrientes y excluidos de toda esperanza. El desamparo se
extiende como una telaraña. ¿Es el fin? Una mirada que no excluye el
humor.
¿Qué le han hecho a la tierra?
¿Qué le han
hecho a nuestra bella hermana?
Devastada, saqueada, violada y golpeada
Perforada con
cuchillos en su amanecer
The Doors
Fin del mundo, apocalipsis, epílogo de una Era...
expresiones para nombrar el miedo que atraviesa el corazón del mundo.
Sed de petróleo, guerras, hambre, huracanes, maremotos, discriminación,
guerras, deforestación, calentamiento global. Extenso sería el
inventario de las ignominias perpetradas por el Hombre contra la
Tierra, y contra el hombre. El planeta se estremece, nos sacude y
golpea, y cada uno trata de ampararse a su manera: por la fe, la
negación de la realidad, el humor o... el ridículo; algunos asisten a
cursos para «hacer milagros»
[sic],
otros comen dentro de un ataúd, y algunos intentan volar como los
pájaros.
«Cuando la música acabe», alertó Jim Morrison («The Doors»)
en 1967, como una metáfora del fin del mundo.
¿Fue profético? ¿Desaparecerá? Cada vez son más las voces de
notables —entre ellos, la mayoría de los republicanos
estadounidenses—, que anuncian la caída de la
larga etapa liderada por la superpotencia del Norte. Los ojos de la
Humanidad, aun los que estuvieron sordos, ciegos y mudos, empezaron a
abrirse. Sí. Aunque el Poder mundial intente recrearlo, maquillado,
vivimos el principio del final del capitalismo, la caída del
Imperio Americano.
Por cierto que este Régimen hegemónico y unipolar que
adoró al «Dios Mercado» en detrimento de las personas, no se agotará
de un día para otro. El futuro de Rusia no está definido; China no
piensa sino en alimentar a sus casi 1.400 millones de almas, y Europa
está desorientada. El presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, es el
Amigo americano, el mejor alumno de los USA de George W.
Bush. Este monsieur que está liquidando los derechos sociales
del ex-país de los derechos humanos; el mismo que está
rematando la France como si fuera un mercadito; el que
construye un Estado policíaco, se ha permitido decir que el
capitalismo —el mismo con que él comulga— es el «culpable». La
música es tu amigo especial / Baila sobre el fuego como te lo pide /
La música es tu único amigo / Hasta el final, tañe la voz de Jim
Morrison, en medio del disparate general.
El silencio. El silencio que rasga el alma del mundo
—el miedo— se quiebra en dislates, a veces divertidos. En Villa
Borghese (Roma), veinte personas comieron hace poco, a cincuenta
metros de altura, sobre la copa de los árboles, sostenidos por una
grúa: querían disfrutar del paisaje. Y a los pocos días, el alcalde de
la ciudad dijo a la prensa que el fascismo no encarnaba el «mal
absoluto». ¡Vaya tiramisú!
Desde que en el «septiembre negro»
empezó la crisis financiera de Wall Street y se extendió por el mundo,
quedó claro que el precio no lo pagan los ricos, sino las personas del
común. Recesión, suba de precios, salarios caídos, huelgas, estallidos
sociales y aumento de la pobreza, son moneda cotidiana. Y continuarán.
Como contrapartida, las grandes fortunas, lejos de volatilizarse,
pasan de unas a otras manos; de las de Merrill Lynch a las del Bank of
América, por citar uno de los casos.
¿Es el fin? El «septiembre negro» — más que una causa de lo
que vivimos hoy— fue un disparador. Y es una consecuencia. Esta caída
empezó en 1981 con Ronald Reagan y el fundamentalismo del mercado:
la «Reaganomics», como se conoció su invento. El de la más
despiadada plutocracia, y también el de la desvinculación de la
responsabilidad del Estado para con sus ciudadanos. Durante casi
treinta años, los «amos del universo» —llamados así por el escritor
Tom Wolfe en La Hoguera de las vanidades— dirigen los destinos
del planeta. Los amos, son los menos. Empalagados de riquezas
materiales incalculables, deciden los destinos de los más:
de los sufrientes y cada vez más excluidos de toda
esperanza. El desamparo crece y se extiende sobre las generaciones,
como una telaraña.
Por otra parte, ni el centroizquierda ni la izquierda
pudieron todavía articular una propuesta seria; están todavía bajo el
shock de las sucesivas crisis —salvo en algunos pocos países de
América Latina—, y no tienen respuestas ante al desastre.
¿Cuánto durará esta caída? Según la mayoría de los analistas
más conservadores, entre diez y quince años, aunque más probablemente
veinte. Todo depende del resultado de la puja entre los menos
que quieren destruir en pro de esa oligarquía financiera; y los
menos que abogan por el bien de los más: la mayoría
doliente. Y aquí no caben ni pesimismo ni optimismo sino la conciencia
despierta del mundo, para recordar que la responsabilidad es de todos.
Porque tantas veces esos «todos» bendijeron en las urnas lo mismo que
los sacrificaba en la vida, y porque es tan bello el paisaje de las
ovejas en sus rebaños, como degradante que el Hombre viva para dar
balidos.
Titilan las mariposas, despavoridas, ante la inminencia de lo
desconocido, mientras el hombre parece una hoja en la tormenta, sin
saber siquiera cómo reaccionar. «Voy a bailar el Apocalipsis», dijo
frente a multitudes el bailaor sevillano Israel Galván, y su
danza tradujo en imágenes esa sensación de final. Con sonidos reales
de bombardeos y misiles. ¿Un anuncio? Ya Francis Coppola había hecho
su «Apocalypse
Now»,
pero el mundo siguió andando. Bueno, ¿anduvo?
La caída encantada
Fue el escritor finlandés Arto Paasilinna quien encontró una salida
armoniosa a este intríngulis universal. Escribió en 1991 El Cántico
del apocalipsis alegre, traducido por ahora sólo en francés. Es
una fábula gozosa que alumbra la esperanza, y nos conduce hasta 2023.
Como una fantasía que alienta la imaginación, rescata la utopía y nos
invita a un mundo fantástico, sin negar el pavor.
Curiosamente, el apellido del autor —traducido a nuestra
lengua—, significa «fortaleza de piedra»; y es justamente lo que Arto
nos ofrece en su Cántico: un enjambre de luces sobre nuestro
futuro azaroso. Pero –eso sí— nos pide el deber de resistir
durante este final provisorio del mundo que él prevé en 2023...
con más víctimas, fruto de los estertores del capitalismo. Por cierto
que Paasilinna relata la caída del Muro de Berlín (1989) y —aunque
jubiloso e irónico— profetiza lo que vivimos y viviremos.
Con el Muro, uno de cuyos iconos más conocidos fue la «Guerra
Fría»,
se desplomaba el sistema económico, político y social representado por
la Unión Soviética, Hoy, según los especialistas más lúcidos del mundo,
entre ellos Joseph Stiglitz —Premio Nobel de la Economía 2001—, la
crisis de Wall Street fue al capitalismo lo que la caída del
Muro al comunismo. Stiglitz, como tantas otras voces, vaticina
el fin del enriquecimiento obsceno de los sectores financieros y de
las multinacionales, que aún retienen el Poder. Para revertir la
situación, habrá que esperar años.
Sí, el número de hambrientos en el mundo es de 925 millones: sólo en
un año, 75 millones se sumaron a los famélicos. Y aunque, por un lado
y con una mirada idealizada, algunos ven en América latina una
esperanza, no menos de 26 millones de sus gentes engrosarán —casi de
un día para el otro— las filas de los hambrientos. La música es tu
amigo especial/Baila sobre el fuego como te lo pide/La música es tu
único amigo/Hasta el final, nos desafían «The Doors».
¿El ojo de Dios?
En la frontera entre Francia y Suiza, los científicos buscan la «partícula
de Dios». Inventaron un Gran Colisionador de Hadrones (LHC), para
descubrir el origen del Universo. Todo está puesto en duda. «Todo lo
sólido se desvanece en el aire», como escribió en el ‘88 Marshall
Bergman.
El miedo, el miedo que lacera; la sensación de ser títeres
bajo la locura de los poderosos; lo desconocido y acechante incitan
también al humor... negro. Enterradores ucranianos de la empresa «Eternidad»
hicieron un restaurante en un espacio de veinte metros de largo. Es un
ataúd —el mais grande do mundo—, decorado con féretros y cuyos
platos tienen nombres relacionados con la muerte: «Nos vemos en el
Paraíso», o «Ríase del infierno», por ejemplo.
Otro caso: enfermo de vacío y sediento de sangre, un joven argentino
mató a su papá, lo cocinó y... se lo comió. Como contrapartida, el
suizo Yves Rossi, provisto de alas equipadas con reactores sobre sus
espaldas y su cuerpo como fuselaje, voló sobre los 35 kilómetros del
Canal de la Mancha en diez minutos. Por gracia, también hay pájaros.
Crisis energética, cambio climático, calentamiento global,
deforestación, discriminación, inmigrantes que buscan un lugar bajo el
sol y encuentran la muerte de la mano de su hermano, el hombre;
ocupaciones de países y masacres por parte del Imperio;
la crisis financiera; la militarización de la América indígena; la
amenaza de carencia de agua, mientras los sin conciencia la
despilfarran; la medicina inaccesible para la mayoría, la falta de
viviendas y de educación, las muertes por pánico…
El hombre horrorizó a la Naturaleza y hoy estamos expuestos
a su justa furia. Pero ahora, cuando lo que se juega es nada menos que
el destino de todos, lo peor es la pérdida del sentido de la vida, de
los valores humanos. Tomados por las urgencias y por la banalidad con
que el Sistema distrae la atención de los desprevenidos o
indiferentes, no vemos el caleidoscopio que —como un milagro— nos
convoca con mil imágenes a dar vida a la vida.
Hoy conocemos la realidad. ¿Qué viene después? Sólo hay
presunciones. ¿Se harán ciertas las profecías mayas? Según ellas,
después de sufrir no pocas desventuras, el 22 de diciembre de 2012
comenzará una nueva Era. ¿Cambiamos de paradigmas... o elegimos
las sombras?
Según Una breve historia del futuro, libro del
economista y pensador francés Jacques Attali, hay tres alternativas.
La primera —que todos, y aun los hechos, descartan— es la continuación
del Imperio de los USA, lo que significaría el fin del
mundo. Otra, igualmente grave, es el súper-conflicto que
seguiría a su caída, en cuyo caso continuaría la mundialización
capitalista, el caos seguiría in crescendo, mientras que la
anomia internacional permitiría que nuevos grupos de depredadores —con
acceso a armas de destrucción masiva— cruzaran el espacio y los mares.
De cumplirse esta hipótesis, la especie humana se extinguirá.
Otra posibilidad: la súper-democracia. Si la humanidad
no quiere autoaniquilarse, el camino sería un contrato social
planetario, con instancias de gobernabilidad y acciones colectivas en
pro de la naturaleza. Así, podría inaugurarse la existencia, como una
posibilidad humana de transitar el tiempo.
Hoy sabemos que Barack Obama sucederá a Georges W. Bush,
calificado como «el peor entre todos los presidentes de los USA».
Mientras tanto, y hasta que el 20 de enero entregue el Poder, sigue
cometiendo atrocidades ¿Cuántas puede perpetrar, si hasta hoy no se
privó de ninguna?
Y después, con el flamante electo... ¿qué? Más que los
ciudadanos estadounidenses, parece haberlo votado el mundo todo. Las
esperanzas puestas en él no tienen ni asidero, ni posibilidades
serias de concretarse. Pareciera que se trata de inventar una ilusión.
¿Seguiremos soñando ser «libres como el viento», mientras vivimos
prisioneros y amurallados por el miedo?
¿O quizá los pájaros nos mirarán desde su camino aéreo y
desearán ser «libres como los hombres»?