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CRISTINA
CASTELLO
La poesía es la revolución de Dios |
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Cristina
Castello, dice...«La poesía es la revolución de Dios»
Cristina Castello entrevistada por Rodica Draghincescu para su
libro, «Escribiendo la vida»
(1)
Cristina Castello, escritora, periodista (más de 3.500 entrevistas con
personalidades de la vida política y cultural del mundo entero,
animadora de emisiones en la televisión argentina), está comprometida
contra las injusticias sociales y políticas de Argentina y, sobre todo,
enamorada de la literatura. Propongo pues aquí una especie de
presentación general, seguida de un cuestionario que pueda situar sus
experiencias, sus caminos, visibles al corazón de la cultura de su
pueblo y a las miradas de los que en mucho otros países la admiran y la
recomiendan.

RD: Usted tiene siempre en
cuenta el conjunto de las aspiraciones y decepciones de todos (las de
todas las historias que vivió). ¿Cuál es su proyecto ideológico?
CC:
Aúllan hoy las vísceras del mundo, y yo lo siento en el hueso del alma.
Pero todavía, y para siempre, me vibran conceptos del pensador argentino
José Ingenieros, a quien leí a mis once años. Por ejemplo, que cuando se
pone la proa visionaria hacia una estrella y se tiende hacia tal
excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad,
es que se lleva el resorte misterioso de un ideal. Son palabras que se
me adhirieron con persistencia de enredadera y aún palpitan en mí, tanto
como el titilar de esa estrella. Así es que no adhiero a ningún «ismo» y
abomino de aquellos ¾la
mayoría¾
sin sustento axiológico, y de carácter puramente instrumental. Nada
tengo que ver con las derechas, por cierto, pero reniego de todo lo
dogmático que encarcele el alma o la lucidez. Soy una librepensadora,
una francotiradora de ideas, sentires y semillas. Yo defiendo valores.
Siembro. La bondad, la justicia, la libertad, la igualdad... La belleza,
en suma, abarcadora de ética y estética. Dicho en términos no
convencionales ¾pues
no lo soy¾
la mía es una ideología de manos abiertas. Para dar. Lo cual significa
andar a corazón abierto y conciencia despierta por los caminos; y
también haber expuesto cuerpo y vida
¾y
no es metáfora¾
por la vida de «mis» demás. ¿Recuerda aquello de John Donne... «cuando
muere un hombre sufre mi vida porque yo pertenezco a la humanidad»? De
eso se trata.
RD: Sí... usted escribió
«aquel olor a cárcel, aquel olor. Aquél».¿Cómo fue su experiencia?
CC:
Por gracia, yo viví de este lado de las rejas
¾en
libertad¾,
pero estuve amenazada de muerte y «prohibida» como periodista, y
¾por
un mandato interior inexplicable¾
convertí mi vida en una lucha en paz y sin tregua por los seres humanos
encarcelados, torturados y «desaparecidos». Fue durante el genocidio
que hubo en Argentina en el período 1976-1983 y cuyos responsables
fueron los criminales
¾dicho
así también por la Justicia cuando alguna vez fue Justicia¾
encabezados por Jorge Rafael Videla, presidente de facto, Eduardo Emilio
Massera y Orlando Ramón Agosti; es curioso...todos usaban dos
nombres...¿para potenciar la crueldad?. Bien... todos tenemos en la vida
una o más zonas de fractura, un momento cúspide. Puede ocurrir a partir
de cosas bellas o terribles, pero
¾en
cualquier caso¾
dividen nuestra vida en un antes y un después. Nunca se sale igual de
ellas, sino mejor o peor persona, según el material que haya en cada
«adentro». La madrugada del 24 de marzo del ’76, cuando se declaró el
golpe asesino y torturador de Estado en mi país, y de pronto aconteció
la muerte, empezó una de las dos etapas que convirtieron mis días en un
antes y un después. Sólo –y tanto- por un mandato interior o por un
destino que gritaba Humanidad, dediqué aquellos años de mi casi
adolescencia a la defensa de quienes sufrían. No me importaba «de qué
lado» estaban. Sólo me interesaba que sufrían («¿Quiénes son los que
sufren? No sé, pero son míos»: Pablo Neruda). Entonces anduve con dolor
de abismo, de cárcel en cárcel
¾con
las requisas humillantes que aquello suponía¾
de unos jerarcas eclesiásticos a otros
¾y
abomino de todos ellos, tanto como amo a los «curitas» buenos, a los
curitas de Jesús, muchos de los cuales están «desaparecidos»¾.
Y «desaparecidos» quiere decir N.N., tumbas sin nombre y, en la mayoría
de los casos, sin cuerpos en ellas. «Desaparecidos», después de haber
sido sacados de sus casas: desde niños hasta ancianos y mujeres con
hijos en su vientre, y enfermos... ¡seres humanos! Y tuve ¿personas? de
los servicios mal llamados de «inteligencia» toda la noche y tantas
noches, en la puerta de mi departamento donde vivía sola, de día en la
búsqueda y de noche insomne, escribiendo y escribiendo; y sufrí toda
clase de intimidaciones. El tema en sí mismo daría para libros y libros.
Jamás entendí ni entenderé nunca la crueldad, pero eso no me paraliza.
Me hago más fuerte en el horror, sobre todo cuando se trata del prójimo,
y entonces el alma lleva a mi cuerpo. Y sigo. Siempre.
RD: ¿Cómo es que está usted
con vida?
CC:
Digamos, a manera de síntesis y con el riesgo de simplificación que ello
implica, que estoy viva por algún designio del Cielo. Que, por ejemplo,
torturaron a una pobrecita madre de un detenido, «desaparecido» sólo
porque le encontraron correspondencia extraoficial de su hijo. Y aquella
correspondencia la recibía yo y yo se la entregaba por pura humanidad,
porque ni siquiera conocía al muchacho. Pero ella, pobrecita mamá de un
mártir, ni siquiera en el horror de la tortura me nombró. Ya ve...
parece que algún ángel me protege para que yo proteja, y que, sin
saberlo, nací con este destino. De poesía y de defensa de la justicia y
de la libertad. Y a partir de aquel genocidio toda mi vida está puesta
¾más
aún¾
para que «nunca más». «Nunca más» es una sentencia paradigmática en
Argentina... sería largo explicarlo ahora. Pero, de nuevo con riesgo de
simplificar, digo que significa la lucha en paz para que «nunca más»
torturas, «nunca más» represión, «nunca más» la maldita muerte. «Nunca
más» genocidios, «nunca más» golpes de Estado. «Nunca más» el hombre
como error y horror de la Naturaleza. «Nunca más» las plazas vacías de
las risas de niños abortados con picana eléctrica por monstruos que
¾antes¾
violaban a sus madres. Nunca, nunca... ¡«Nunca más»!
RD: ¿En qué clima político e ideológico se encuentra la cultura de su
país?
CC: Es
curioso... por segunda vez dice usted «ideología», y yo siento la
expresión como una caricia. Como usted sabe, mucho antes de Fukuyama se
gestaba aquello que él puso en palabras: el fin de la historia y la
muerte de las ideologías. Argumentos perversos para enarbolar la
ideología del «dios Mercado», por la cual se mata la vida de millones de
personas. Con armas y con hambre. Son ideologías del vacío y la impiedad
que empezaron el siglo pasado, también en la vieja civilización europea,
y siguen vigentes, aunque a veces se esconden, por ejemplo, tras aquello
que en la escuela de Frankfurt
¾Adorno,
Horkheimer¾
se llamó razón instrumental. Vivimos hoy el fundamentalismo de la
violencia, que se ejerce sobre la mayoría de los seres humanos. Y
Argentina es una de sus grandes víctimas. Dentro de ese marco, hay
políticas alentadoras del gobierno actual en materia de lo que se llama
«derechos humanos»; y me expreso así, porque también la alegría es un
derecho humano y no veo que pueda tenerla quien no tiene qué comer, cómo
estudiar o cómo cuidar su salud, por falta de medios. Son los millones
de excluidos de la vida, sobre todo a partir de 1976 y
¾en
materia económica¾,
fundamentalmente desde el ¿gobierno? del ex-presidente Carlos Menem; de
una ¿persona? que enajenó Argentina y a los argentinos y que debería
estar tras las rejas. Pero, aun así, la cultura grita «presente» y este
país donde nací tiene un nivel cultural alto. Con varios premios Nobel.
Con un movimiento en este sentido que ojalá tuvieran algunos países
llamados del «Primer Mundo». Con personas ingeniosas, que saben hacer
arte, o elementos que salvan vidas, tan sólo con un alambre, con un
hilito o con nada. Pero todo es a costa de los artistas, de los
ingeniosos, de los creativos, de los científicos. De deseo e
imaginación. «Si por casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los
barrotes de mi cama, a los quince minutos me despierto,
indefectiblemente, sobre el techo de mi ropero», escribió el poeta
argentino Oliverio Girondo. Él volaba, él imaginaba. Pero ser artista,
científico, ingenioso o creativo, y tener una conducta coherente en este
país ¾más
que en otros¾
es estar condenado al olvido, en cuanto a calidad de vida y al sustento.
Es ser un héroe.
RD: ¿Más que en otros
países de América Latina?
CC:
Bueno... Argentina no escapa a las consecuencias de un «modelo»
unipolar, que no puede existir y que está agotándose. Forma parte
¾como
toda América Latina¾
de lo que se llama el Tercer Mundo: el de las desigualdades, la
injusticia y la violencia de la pobreza. Pero, aun así, es un caso no
asimilable a otros países de la América indo-hispánica. Por sus
orígenes, tiene una fuerte connotación europea, pero hoy es un espejo
desfigurado de aquellas culturas. Y mientras tanto, y aunque parezca
contradictorio, hay una cultura abierta. Y poesía, música, danza,
pintura y todas las artes burlan los designios del «dios Mercado» y
crecen en todos los sectores socioculturales. Entonces, con un suspiro
hacia mi adentro, y casi en estado de gracia, siento que la creación es
tan fuerte como la vida. Que es la vida misma.
RD: ¿Se trata de una
coyuntura cultural propicia para que florezcan las publicaciones
literarias?
CC:
Las publicaciones literarias florecen, pero todo es a partir de
esfuerzos individuales y de grupos pequeños que pagan para publicar y
venden casi nada. Son los pocos que ejercen la resistencia como
reivindicación de vida y arte y, por eso, no tienen lugar en los
llamados medios de difusión masiva. Por otra parte, los suplementos
«culturales» de los diarios publican casi nada de poesía; y, cuando lo
hacen, es sin investigación ni comprensión estética. Ella es la gran
ausente y, sin embargo, su voz aparece
¾escrita
por amanuenses¾
en los discursos oficiales de los poderosos, para «lucirse» y después
condenarla al olvido. En cuanto a las grandes editoriales
¾actualmente
la mayoría pasó a capitales españoles¾,
son monopolios, y no publican cultura sino objetos de consumo para la
idiotización de las personas. Máscaras. Son máscaras de noche y
desierto, cuyo objetivo es denigrar a los escritores y a la existencia
humana, porque eso y no otra cosa es negar la palabra escrita, cuando
tiene luz.
RD: ¿De qué generación de
poetas procede? ¿Qué maestros reivindica? ¿Había en los años de sus
comienzos en la literatura grupos o escuelas dominantes?
CC: No
«pertenecí» a ninguna generación de poetas, pues nunca
¾hasta
ahora¾
me había integrado a grupo alguno. Soy intimista y mis diálogos fueron
casi siempre de a dos; y si bien abomino de las personas misteriosas,
porque amo los cristales, acecho el misterio y la belleza. Alguna vez
estuve toda una noche en mi entonces jardín de flores todas blancas, en
espera ansiosa y paciente del nacimiento de un jazmín. Son mis pequeños
e infinitos instantes de deleite. Será tal vez porque gozo y padezco de
lo que Louis Aragon llamó la pasión del absoluto. Escribo desde los
cuatro años, pero siempre traté de ocultar mi poesía... aunque ella
asomaba en la prosa y en la respiración del alma. Ahora cambié un
poquito y en «mi» París, que tanto amo, se publicó en octubre de 2004 mi
primer poemario (en francés y español): «Soif». Sed. Tengo sed. Y no
procedo de ningún poeta, pero procedo de todos. Empecé a escribir quizás
porque nací habitada por la poesía, a la que descubrí y disfruté, desde
antes de tener memoria, con mi mamá: La «Chiquita» Batmalle, un ser de
otro mundo. Poeta, y poblada de amor y poesía, me contagió su hambre de
Azul, el ansia de Infinito. Ella fue mi «Gran Maestro», tanto como todos
quienes alumbraron y alumbran mi ser. Paul Eluard, Robert Desnos, Paul
Celan, Arthur Rimbaud, Federico García Lorca, o los argentinos Roberto
Juarroz y Alejandra Pizarnik, luces entre tantas luces, son mi
imperativo de ojos siempre abiertos.
RD: ¿Para usted la
escritura es un acto revolucionario?
CC:
Sí, la poesía es la revolución de Dios. Es un compromiso con la vida. Es
reveladora y develadora. Es un secreto que se hace camino en un mundo
brutal, para abrir mentes y corazones. Y claro... en Roma a los poetas
se los llamaba vates
¾que
quiere decir adivinos, como bien señaló Philip Sidney en su Apology for
Poetry¾.
Y la
escritura toda es revolucionaria, cuando es literatura y no vacío,
porque es resistencia y es persistencia de auroras; es conciencia
crítica para el mundo, motor para la imaginación y expansión del
espíritu. Es un arma. Para el bien y la libertad, y tiene poder para
transformar el mundo, particularmente la poesía. Por eso tantos poetas
azules padecieron y fueron asesinados en campos de concentración;
porque la poesía, como todas las manifestaciones del arte verdadero, es
muy peligrosa para el Poder. El Poder quiere esclavos y el arte es un
horizonte definitivo de libertad. Y ya sabemos, con el español León
Felipe, que hay un tirano que sujeta, y otro tirano que desata. Y entre
los dos, el predio de la libertad, hazaña prometeica, de tensión
angustiosa y sostenida, de equilibrio y amor.
RD: ¿Cómo definiría su acto
poético? ¿Y el acto político?
CC:
Todo acto es político, y la poesía, para mí, es un viaje hacia adentro,
una interioridad, una manera de conocimiento: «¿Qué es escribir? Es algo
que no puedes hacer hasta que no saques la última línea de ti mismo»,
dice un poeta ruso. Y de eso se trata. Pero yo siento que el acto
poético no es sólo el momento de escribir, sino el intento por encontrar
lo verdadero y la medida del amor hacia la humanidad. En cuanto a mí,
sin poesía estaría perdida en el mundo, porque me perdería de mí.
RD: ¿Usted dice y provoca
la realidad? ¿Cuánto dura la realidad, hablando en general? ¿En qué
punto se entrecruza con la ficción que, por otra parte, no es más que
una forma posible de la realidad?
CC: La
ficción es una parábola que refleja lo que llaman realidad. Pero... ¿qué
es la realidad? Yo desconfío de esa palabra. La realidad, sí... «esa
llave de clausura hacia todas las puertas del deseo» escribió Olga
Orozco, poeta argentina. Y yo coincido con ella. La realidad es algo
«armado», es lo que nos dan «hecho» y como única posibilidad. Es un
muro. Es un final. Es una resignación. Yo me niego a aceptarla. Quiero
construirla de otra manera. A ver... «guerra en Irak», dicen. ¿Eso es
realidad? No. Matanza unilateral en Irak. ¿Existe la realidad o existen
los ojos que la miran? El mar es líquido, dicen. Sí... eso parece. Pero
no. ¿Es que hay algo más sólido que el mar, que nos antecede y nos
sucederá? ¿Hay algo más sólido que los ramilletes de espuma con que
seduce a las estrellas? ¿Hay algo más sólido que sus abismos
insondables... más allá de donde el hombre
¾y
aun su imaginación¾
pueden llegar?
RD: Periodismo y
poesía. ¿En qué marco?
CC: Como en todo, en el compromiso. Yo no soy periodista. Soy persona y
soy poeta. Me valgo del periodismo para contrabandear valores y poesía,
con una siembra perpetua. Además, el periodismo del mundo de hoy
¾salvo
alguna excepción¾
me repugna. No cumple con el deber ético de informar, ni de formar.
La luz de los televisores tiene color de muerte, porque ignora a quienes
sufren o los toma para titulares sensacionalistas. Como habitantes de
este planeta, en cualquier país, somos sobrevivientes de masacres y
vivimos entre los deudos de asesinados por la impiedad del Poder. Pero
la mayoría de las empresas periodísticas callan, porque para ellas todo
es mercancía e intereses. Así es que soy
feliz con el periodismo sólo cuando puedo ser libre, absolutamente. Como
lo fui
¾y
volver en mi programa de televisión, «Sin máscara», o en la radio, y
¾sólo
en algunos casos
en los medios gráficos. En éstos, jamás escribí una línea en contra de
mis ideas, pero fui muy censurada y, a la fuerza, muy autocensurada.
RD: Su poesía ampara la
verdad, la bondad, la paz, la luz, la música, el amor, el idioma. Sus
palabras sugieren, esconden, recortan el mundo en secuencias de
sentimientos y de sonidos y de imágenes dinámicas. Su escritura es
rápida, fuerte, cautivadora, hechizante. Su poesía adquiere rápidamente
la polifonía de las palabras. ¿De dónde proviene este apetito por la
palabra?
CC: Del vientre de mi madre. Siempre estuve enamorada de las palabras,
pero tardé en comprender que escribir podía cambiarme la vida, aun
cuando era desconocida para todos. Pero... no me crea, pues no soy yo
quien escribe, sino mis lecturas desde muy niña, el cielo que me
penetra, la solidez del mar, los árboles, las flores, el amor, la
humanidad , que es poesía incluso cuando la masacran. Por mí escriben
palabras los faros, las personas buenas, la luna que me mira por la
ventana, los hechos fraternos que me causan implosión, el horror que me
pone en alerta, los amaneceres, los pájaros y las manos que se abren en
ofrenda. Y la música y la pintura y el arte todo. Ellos me susurran las
palabras, como también mi hambre de conocimiento, las personas que amo y
los rostros de cada ser anónimo que, desde cualquier calle, me descubre
el mapa de su geografía interior.
RD: Usted escribió, en
«Semillas»: «Quiero. Quiero y siembro. Quiero. / Que enseñemos bondad
con bondad. Que el cielo esté siempre pecoso de estrellas /Quiero a
adultos con risa virgen /y ángeles que retraten en niños/ Que los
impiadosos respiren a Blake. /Que Rilke exorcice la obviedad. /Que el
Continente, el Mundo, el Universo/ sean para iguales y sin
discriminación». Usted dialoga con el mundo. El idioma le provee las
pruebas, le detalla la realidad, fija las reglas y exige mucho más allá
de su articulación mágica. No deseo preguntarle sobre sus fuentes, sino
sobre el estatuto metafórico generalizado de su poesía. ¿Podría
decirnos algo al respecto?
CC:
No, porque no lo sé. Sólo sé que no quiero pecar contra la imaginación,
ni contra los sentimientos. Que detesto los artificios, que no quiero
rendirme a la palabra fácil... esa a la que tantos suelen apelar para
enviar a ciertos concursos. «Tengo la belleza fácil y eso es suerte»,
escribió mi Paul Eluard, y también yo la deseo, pero para aprehender esa
belleza. No quiero rendirme a la palabra fácil, a la vox et praeterea
nihil: aquello que es nada más que voz, sólo palabras, nada. Quiero
sacar la última línea de mí misma. Quiero escribir al ritmo de mi
estremecimiento con todos mis pares humanos. No quiero tener todas las
respuestas, sino muchas preguntas. No quiero matar al niño que vive en
mí. Quiero desaprender lo aprendido, para poder mirar todo como si fuera
la primera vez.
RD: Sugerir, preguntar o
pretender tal o cual cosa, en un decenio en el cual
no se tiene la esperanza de
ser comprendido, significa tener coraje, iniciativa. Su deseo es su
deber, y esto borra todas las crisis de la poesía de las cuales nos
gusta hablar. Usted es directa, combativa, sensorial, exaltada,
espiritual; no le gusta el sentido de la abstracción. ¿Es una poeta del
«no» o del «sí»?
CC: Yo no sé si es coraje. Creo que, en mi caso, es la imposibilidad de
ser distinta de mí misma. Pero... es usted una observadora profunda:
cuando equipara en mí el deseo y el deber, que yo siento casi como un
destino, está definiéndome. Y lo hace también en el abanico donde me
muestra desde combativa hasta espiritual. ¿Sabe, Rodica? Creo que todo
forma parte de todo. Soy dionisíaca para sentir y
¾en
general¾
apolínea en el estilo. Abomino de los adjetivos y de los textos
panfletarios, y cada día tiendo más a la síntesis. Pero esto no elude el
compromiso. En una sola palabra puede haber una tensión espiritual que
la haga potente, como puede ocurrir con una sola pincelada o con una
sola nota musical. Además, hay momentos del espíritu que me llevan a una
forma u otra. Entonces puedo escribir «Sed garganta arena», en lugar
de... «Tengo sed como si en mi garganta hubiera arena». Pero también, y
en vivencia del genocidio que empezó en Argentina aquel día del ’76: «El
veinticuatro de marzo de dos mil cuatro debería ser una foto amarilla /
Del 24 de marzo de 1976. / Pero asesinos de cristos pintan de colores la
foto amarilla. / La renacen. / Debería ser foto vencida por el tiempo.
Abortado el horror por savia y vida. / En su lugar: clic y ojos burbuja
de esperanzas. / Clic y caras mapas de almas en víspera. / Clic y
certezas de alborozos. / Pero corruptos de dineros requieren de también
corruptos represores...». No creo ya que haga falta responderle si soy
una poeta del «sí» o del «no», ¿verdad?
RD: ¿Cuál es el motivo
central de su obra poética?
CC.:
Mi sed. Sed eterna, bendita, insaciable sed.
RD: «Agua. Música. Arte.
Vida. Igualdad. Justicia. Libertad. Transparencia. Sed». ¿Estas palabras
clave son representativas de su obra?
CC: La
central es la sed, que a todas abarca, como le decía. De todos modos,
las palabras me surgen como una necesidad desesperada de ser auténtica
con mis sentimientos. Así es que, cuando escribo, trato de descorrer
hasta el último velo para encontrar la última napa de mí misma.
Justamente,
el
primer poema que escribió el irlandés Seamus Heaney se llama
Digging
[Cavando]. Cavando en él. Y después de escribirlo, sintió haber
abierto un aire de luz que lo integraba con la vida verdadera. Como
Cátulo, cuyas poesías de amor tienen un lugar único, por la austeridad
con que expresó las delicias y torbellinos amorosos. Ya ve... la poesía
es también una ventana hacia el germen del silencio.
RD: En un número de «Tel
Quel» (1965), Jean-Pierre Faye afirmaba que la palabra «poesía» es la
palabra más fea de la lengua francesa. ¿Cómo se percibe la palabra
«poesía» en Argentina?
CC: De
la misma manera. La poesía es la más degradada de las artes. Pero no hay
una sola Argentina, sino
¾en
esto¾
al menos dos. Hay un sector mediatizado e indiferente, pero hay también
una Argentina oculta que espera la luz; son las grandes minorías a las
cuales los medios de difusión ignoran. Yo supe a ciencia cierta cuántas
almas forman parte de esa Argentina oculta, fundamentalmente con mi
programa de televisión, donde el centro era la poesía y la mirada
poética del mundo, en toda su verdad. Cada día se sumaban más
televidentes, cada día una adhesión mayor. Así es que, más allá de la
indiferencia de quienes quieren asesinar la poesía, ella permanece;
quizás porque cuando se la conoce y vive, es imprescindible y supone un
estado de alerta y de anhelo, de disponibilidad. Una promesa..
RD: Su escritura no gira
alrededor de las apariencias y, de esta forma, ella
toma el aspecto de un
cuerpo a cuerpo. En usted está la necesidad de la experiencia física.
Usted desbarata las astucias del lenguaje y ahonda en las cosas. ¿Ha
pensado alguna vez en definir el «verbo poético»?
CC: De
esto habló muy bien Robert Frost. ¿Recuerda?...dijo que un poema empieza
como un nudo en la garganta, como una añoranza o como un amor; y que
luego da con el pensamiento y el pensamiento da con las palabras.
Perdóneme... déjeme responderle con esas palabras. No me gustan las
definiciones. La poesía «es».
RD: La independencia de su
poesía fascina. ¿Hay en Argentina poetas que se le
asemejen?
CC: Hay muchos poetas independientes y muchos muy buenos, como ocurre
también en la olvidada, y tan rica en arte, América Latina. Sin embargo,
no sé si podemos hablar de semejanzas. Cada uno tiene su estilo, pero el
diapasón sobre el cual se instala toda la música del poema es distinto
en todos. Es la sonata o el himno de cada uno.
RD: Señale, si le
parece oportuno, las malas tendencias de la poesía universal
contemporánea.
CC: Yo siento que todo aquello que tenga una tendencia, fundamentalmente
si es mala ¾tal
su pregunta¾,
supone el sometimiento a los dictados de las modas. Entonces no es
poesía. Entonces ¿para qué hablar de la oscuridad, si existe la luz?
Tanta luz. Tanta luz. Tanta.
RD: ¿Podría formular un
deseo para todos los poetas de nuestros días?
CC:
«Un estruendo: la / verdad en sí misma / hace / acto de presencia /
entre los hombres, en pleno / torbellino de metáforas». Paul Celan lo
dijo por mí, y si todos tomamos esa antorcha, no aullarán las vísceras
del mundo. Nunca, «nunca más».
©
Rodica Draghincescu
[1]
«Escribiendo la vida », se publica en su título original:
« Schreiben Leben », interviews, por Rodica
Draghincescu, Editorial «
Pop Verlag », Ludwigsburg - Alemania, 2004. Entrevistas con Gérard
Blua, Yves Bonnefoy, Michel Butor, Cristina Castello, Yves Di Manno,
Jean-Baptiste Joly, Magda Cârneci, Maurice Couquiaud, Volker Demuth,
Kurt Drawert, Rüdiger Fischer, Zsuzsanna Gahse, Guy Goffette, Olga
Martynova, Petra Nagenkögel, Jean Orizet, Serge Pey, Eginald Schlattner,
Dieter Schlesak, Alès Steger, Sandrine Rotil-Tiefenbach, Gérard Truilhé
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