Cuento de
Eduardo Pérsico
Cuando la
empresa ferroviaria cerró el empalme con enlace a Córdoba, durante años
por ahí se aquietó el paisaje pueblerino. Lejos del caserío quedó un
surco de tierra apisonada y olvidado entre yuyales un depósito vacío con
paredes de mampostería y doble techo de zinc. Sin trenes se depreció la
región pero los comisionistas, tenderos y gente de oficio que iría
llegando produjo que además de tractores, cosechas y rumores se hablaran
otros temas.
Así, los
viejos amigos de juntarse en el bar los fines de semana solían debatir
cuestiones con cierto vuelo: como que ‘las matanzas la disponían quienes
también culpaban de cualquier crimen al hombre invisible’.
- Un invento
de usar a voluntad - les ironizó el dueño yendo y viniendo del
mostrador. El médico setentón que fuera Comisionado Regional dos veces,
un agente de viajes que los viernes al atardecer volvía de Buenos Aires
‘a mi lugar en el mundo’, al primer ingeniero electrónico de la región y
un locuaz comerciante de campos y haciendas eran los cuatro infaltables
al encuentro, con más a rachas el patrón del negocio.
Y una vez rodeando un incierto debate previo, enhebraron al galpón
del ferrocarril ‘abandonado por el años veinte y ninguno de nosotros
había nacido’. Una memoria amable y compartida sobre aquel refugio de
aventura adolescente, del cómo recorrer los siete kilómetros y entrar
por el monte, la técnica en abrir sus candados y encender un fogón en el
invierno o el desafiarse por deporte bajo el techo de dos chapas
ardientes algún mediodía. Entreverando esos renglones con pesadas
oraciones de trasnoche a ‘los Privilegiados’, los cuatro aportarían a un
plan trabajoso sólo con suponerlo a incomodar la indiferencia de esa
gente.
Entre ellos
el entusiasmo crecería en certezas y quizá, imaginaron que un mediodía
de verano al galpón vacío llegaron unas cuarenta personas de distinto
idioma a proseguir el Turismo de Aventura por la región del gaucho en la
Argentina, un exótico país. Un elegido grupo de mujeres hermosas y
hombres pudientes tan felices de gustar el famoso asado con cuero en la
lejanía pampeana; inquietante propuesta que de entrada desecharía el
brutal calor de febrero y la inutilidad del teléfono portátil. A ninguno
alarmó el resonar de dos portones al cerrarse, el zumbido del ómnibus al
irse ni el reseco piso de tierra, aunque el hábito de viajes les
advirtió la falta de baños, el espontáneo retiro de los asistentes más
lo irracional de un posible encierro. Y luego del primer comentario en
grupo todos se irían desmadejando; habría renglones inusuales en el
libreto de cada personaje que reventaron en un aullido de puteadas en
diferente lengua. A todos algún párrafo animal le fijaría el mismo
registro de cualquier condenado ante la flojera de ser sólo una persona,
y ya nadie lució bien sin el habitual estilo de aula y de familia que
los hacía distintos ante el mundo y sin ninguna culpa. Al anochecer cada
apremio de mear y cagar arrinconados más los convertiría en Multitud y
cuarenta Indiferentes sin fiesta gauchesca ni cabalgata, fueron la turba
miserable que naufraga del hambre a la inmundicia, y agonizan en el
sórdido mundo de esa especie que repudian los indiferentes. ‘Ustedes
han de vivir una experiencia irrepetible’, quizá le concertaron en la
Tourims Agency bien lejana de aquel galpón vacío en medio de la
pampa...
- Vamos, que
al Poder no le hace ni cosquillas. Ya imaginarán algo invisible a culpar
por todo eso y listo – se volvió el dueño al mostrador y los cuatro se
miraron...
Naturalmente y a su tiempo, ninguno pisaría más por el café donde los
creían unos viejos delirantes. Aunque nunca se sabe. (Set. 2010).